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El inmovilismo en congreso
René Gómez Manzano
21 de abril de 2016
(Cubanet) Durante semanas, el órgano oficial del régimen cubano, Granma, se dedicó a destacar, en su primera plana, declaraciones y pronunciamientos diversos del fundador de la dinastía, las cuales tienen decenios de antigüedad. Baste, como botón de muestra, el titular del 29 de marzo: “El papel esencial del Partido como vanguardia de la Revolución”. Se refiere a un discurso del “Comandante en Jefe” de octubre de 1964.
 

(Cubanet) El Informe Central del general-presidente-primer secretario Raúl Castro al VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), así como las restantes informaciones que han ido conociéndose sobre el desarrollo de esa reunión, han ratificado la línea inmovilista que hacían prefigurar las numerosas entregas del periódico Granma que antecedieron a su inicio.

Durante semanas, el referido órgano oficial del régimen cubano se dedicó a destacar, en su primera plana, declaraciones y pronunciamientos diversos del fundador de la dinastía, las cuales tienen decenios de antigüedad. Baste, como botón de muestra, el titular del 29 de marzo: “El papel esencial del Partido como vanguardia de la Revolución”. Se refiere a un discurso del “Comandante en Jefe” de octubre de 1964.

La alocución leída ahora por el menor de ambos hermanos encaja a la perfección dentro de ese guión de continuismo a ultranza. Nada ha hecho que la envejecida “dirigencia histórica” cambie su línea. Ni siquiera la impresionante reducción en el número de militantes del partido único: de “cerca de 800 mil” en tiempos del anterior (VI) Congreso a sólo “más de 670 mil”, según acaba de expresar el propio General de Ejército.

Este dato es importante y elocuente. La pertenencia al partido gobernante implica posibilidades, ventajas y prebendas de todo tipo para quien la disfruta. En ese contexto, la disminución de esa membresía en un quince por ciento, en sólo un lustro decursado entre ambos congresos, debería provocar una fundada preocupación en el seno de su dirigencia.

No ha sido así, sin embargo. El orador, tras brindar la cifra, se limitó a argumentar con indiferencia que ello “está influenciado por la negativa dinámica demográfica que afrontamos, el efecto de una política restrictiva de crecimiento desde el año 2004 y las insuficiencias propias en el trabajo de captación, retención y motivación del potencial de militantes”.

¡Colorido eufemismo el de esta última frase! Bonita forma de referirse a la renuencia a incorporarse a sus filas, o a mantenerse en ellas, de quienes se supone que sean los partidarios más fervientes del régimen. ¿No habrá influido en esa repulsa el hecho de que ni siquiera todos los militantes pudieron elegir libremente a quienes los representan en su congreso? Ese es un privilegio que sólo correspondió a los secretarios de núcleos, quienes, para colmo, tuvieron que votar a mano alzada…

Y es a ese movimiento político apagado y disminuido al que su actual Primer Secretario, en uno de los pasajes más importantes de su Informe Central, propone mantener como único partido, a lo cual agrega la frase: “y a mucha honra”. Es de esa forma que el dirigente desafía las demandas que “desde casi todas partes del planeta” (según confesión propia) se dirigen al régimen para que abandone esa política de unipartidismo a ultranza.

El inmovilismo del orador llegó al extremo de plantear, en un pasaje improvisado de su alocución que no aparece reflejado en la versión escrita del Granma, que el artículo correspondiente de la Constitución mantuviese incluso el mismo número 5 que ahora tiene.

Esa peculiar respuesta se antoja aún más contraproducente si tenemos en cuenta que la alternativa del castrismo no era modificar el precepto para sustituirlo –digamos– por las palabras de la carta magna democrática de 1940: “Es libre la formación de partidos y organizaciones políticas”.

Por ahora, habría bastado con no aludir a esa cuestión y, llegado el momento de reformar la Constitución, hubiera resultado suficiente la derogación de ese precepto. Esto no habría implicado el cese automático del unipartidismo actual, pero hubiera representado una pequeña mueca, un guiñito dirigido a aquellos que, en el extranjero, ansían que el régimen haga algún cambio, siquiera diminuto, que justifique sus nuevas políticas conciliadoras hacia el castrismo.

Con este portazo en la cara que han recibido, habrá que ver cómo reaccionarán. ¿Se declararán frustrados? Parece poco probable. Corresponde al pueblo cubano (incluyendo a los militantes descontentos del único partido legal) realizar los cambios que el país necesita. Sin confiar en dudosos apoyos extranjeros.

Fuente: Cubanet (Coral Gables, Estados Unidos)