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Cuando la historia se repite
Leonardo Calvo Cárdenas
10 de febrero de 2016
Más allá de los permanentes e institucionalizados desconocimientos y atentados contra las libertades fundamentales que comparten el castrismo y el chavismo como eternos compañeros de viaje de la tropical cruzada totalitario-populista, la economía resulta ser la gran asignatura pendiente de estos proyectos que llegaron al poder encabezados por carismáticos líderes.
 

En la actualidad los gobiernos de Cuba y Venezuela comparten algo más que su identidad ideológica y sus afanes absolutistas, mesiánicos y populistas. Ambos poderes a pesar de su vocación de eternidad se encuentran sumidos en profundas crisis económicas y políticas.

El gobierno chavista en Venezuela acaba de perder estrepitosamente la mayoría electoral y parlamentaria en las pasadas elecciones del 6 de diciembre 2015. El presidente Nicolás Maduro, el fallido heredero político del extinto caudillo Hugo Chávez, y sus seguidores insisten en hablar en nombre de un pueblo que voto contra ellos abrumadoramente para conceder a la oposición mayoría parlamentaria absoluta.

No bastó la represión inmisericorde contra líderes opositores y dignatarios electos, ni la manipulación de los distritos electorales, no bastó el chantaje paternalista que subsidia permanentemente la pobreza para mantener a las mayorías en condición de dependencia. Un contundente e inapelable voto de castigo terminó de un portazo con la hegemonía chavista.

El pasado 6 de diciembre 2015 el chavismo recibió una fuerte señal de censura popular que pasa alta factura por la catastrófica gestión de un gobierno que dilapidó su enorme capital político y una renta petrolera de más de un millón de millones de dólares para sumir a uno de los países más ricos del planeta en un caos de violencia social y política acompañado de una economía en galopante recesión, inflación desatada y un desabastecimiento que convierte en tragedia el día a día del venezolano común.

De este lado del Caribe, aunque los espacios de respuesta cívica y las garantías jurídicas son efectivamente nulas, aun cuando el gobierno cubano resulta incumplidor sistemático de sus responsabilidades y obligaciones, las autoridades de la Isla no sufren crisis de gobernabilidad. Sin embargo la crisis generalizada del modelo impone un caos socio- económico, de valores y de convivencia para el que las autoridades de la Isla no parecen tener respuesta.

La crisis política del castrismo decadente no se manifiesta en resultados electorales, lo cual se explica en el hecho de que jamás se han atrevido a someterse a un ejercicio comicial pluralista. La prueba irrefutable del descontento, el rechazo y la desesperanza que agobian a los cubanos es la creciente vocación migratoria de los ciudadanos. Comenzando por los privilegiados y confiables —familiares de los dirigentes políticos, profesionales en colaboración o contrato en el exterior, artistas de renombre o atletas de alto rendimiento— los cubanos tratan de escapar del país por cualquier vía. Resulta muy normal en Cuba la adopción de la ciudadanía española o la venta del patrimonio familiar con el único propósito de financiar la fuga del paraíso revolucionario.

Incluso en el acto de votación periódicamente ensayado por el gobierno cubano, acto plagado de trampa, manipulación y chantaje coercitivo, resulta creciente el número de ciudadanos que se abstienen de acudir al forzado ejercicio plebiscitario aun a riesgo de las posibles represalias y son muchos más los que ejercen por distintas vías el voto de rechazo, al punto de escuchar en los últimos años a los funcionarios electorales de base brindar testimonio de las acciones fraudulentas para equilibrar los resultados a favor de la imagen gubernamental de respaldo popular mayoritario.

Más allá de los permanentes e institucionalizados desconocimientos y atentados contra las libertades fundamentales que comparten el castrismo y el chavismo como eternos compañeros de viaje de la tropical cruzada totalitario-populista, la economía resulta ser la gran asignatura pendiente de estos proyectos que llegaron al poder encabezados por carismáticos líderes que pronto transformaron sus promesas democráticas en mesianismo caudillista, inmisericorde intolerancia, un férreo y sobredimensionado estatismo anulador de las potencialidades económicas, todo esto matizado por el voluntarismo personalista de los máximos líderes, ambos por cierto aquejados de una psicosis de gran potencia que en uno y otro caso redundaron en terribles consecuencias para las dos naciones.

El castrismo llegó al poder en una nación de inmigrantes, con una economía en expansión, con permanente balance comercial exterior favorable, con una reconocida solidez monetaria y un dinámico mercado interno. Amén de sus alineaciones ideológicas y nuevos compromisos políticos con la extinta Unión Soviética recibió durante treinta años copiosos subsidios y respaldos económicos y financieros, lo cual llevó en su momento al ex presidente Castro a burlarse del embargo comercial y financiero impuesto por el gobierno norteamericano a principios de los años sesenta.

En la entrevista concedida en 1984 por el máximo líder al periódico mexicano Excélsior, Castro parafraseó el viejo dicho popular “No íbamos a cambiar la vaca por la chiva” queriendo decir que una posible relación comercial con el vecino del norte no se comparaba con los beneficios que proveía el vínculo con la Unión Soviética. Acto seguido aseguró: “Lo hemos vendido todo, no hemos vendido más porque no tenemos más.”

La revolución prometió dar la tierra a los que la trabajaban, acabar con el monocultivo (caña de azúcar) y con el mono mercado (E. U.). Sin embargo para cuando colapsó el campo socialista (1991) ya no quedaba nada de aquella sólida y potente economía, menos del mercado interno y los multimillonarios recursos provenientes del subsidio soviético habían sido dilapidados por los enormes gastos militares y de seguridad, por la vida suntuosa de los gobernantes y sus familias, por tanto experimento económico voluntarista y fallido y por tantas aventuras militares alrededor el mundo. El país endeudado hasta los tuétanos se sumió en una profunda y traumática crisis socioeconómica cuyo amable nombre oficial —Periodo especial en tiempo de paz— en nada refleja la dimensión de la tragedia que para muchos millones de cubanos está lejos de terminar.

Después de tantos años de poder absoluto e incontestable nos asomamos a un país de emigrantes, donde el alto costo de la vida no se corresponde con el bajísimo poder adquisitivo, donde ni el trabajo ni el dinero tienen valor, con el 80 % de la superficie cultivable en manos del estado como tierras ociosas e improductivas, donde el monocultivo ya no existe porque la agroindustria azucarera colapsó totalmente y ni con mono mercado contamos porque no hay nada que vender al exterior.

Ante la crisis y evidente inviabilidad del modelo las autoridades cubanas se aferraron con uñas y dientes al argumento del embargo norteamericano como culpable supremo de sus incapacidades y las penurias económicas que sobre todo sufre el cubano de a pie.
En el caso de Venezuela, un país plagado de recursos y bondades naturales, en los últimos tres lustros ha disfrutado de una gigantesca bonanza comercial petrolera, lo cual lejos de ser aprovechado para diversificar industrial y productivamente el país fue dilapidado por el desenfrenado afán de liderazgo geopolítico del finado presidente Hugo Chávez en el patrocinio y financiamiento de proyectos políticos y gobiernos afines del continente y más allá.

Increíblemente y aun antes de la caída estrepitosa del precio del petróleo en los últimos meses ya la economía venezolana se encontraba en recesión. Tendrían que explicar los estrategas chavistas cómo las economías de Nicaragua y Haití crecen, mientras la de Venezuela cae sin remedio. Ahora los gobernantes chavistas justifican los enormes traumas de escasez y desabastecimiento que enloquecen a los venezolanos con una supuesta guerra económica sin molestarse en explicar que han hecho con tantos cientos de miles de millones recaudados en los últimos años.

Aunque constantemente tratan de utilizar el recurso fascista del enemigo externo —que por cierto ha sido muy útil al castrismo, aunque la mayor parte del dinero y los alimentos que entran en Cuba provienen del vecino del norte— para los jerarcas chavistas este argumento queda bastante débil porque los Estados Unidos, su supuesto enemigo y agresor, es también su principal mercado.

Ahora precisamente cuando ambos gobiernos sufren la peor de sus crisis, ahora que han demostrado su incapacidad para satisfacer las más elementales necesidades de sus ciudadanos, ahora que no tienen respuestas coherentes para los enormes problemas estructurales por ellos mismos generados, escuchamos a las autoridades cubanas hablar de construir un socialismo próspero y sostenible y al siempre fallido liderazgo chavista llamar a forjar una economía productiva que elimine la dependencia de la renta petrolera.

Si no fuera tan trágico sería risible. Estos señores han perdido el sentido común y sobre todo la vergüenza, si cuando contaban con tan cuantiosos recursos y ventajas solo lograron desmoronar sus economías y caotizar social y moralmente nuestras naciones sumiéndolas en espirales desenfrenadas de corrupción, desigualdades, violencia, represión e injusticias. ¿Cómo piensan que alguien sensato los crea capaces de sacar adelante a países que ellos mismos han hundido en el abismo de la desolación y la desesperanza?

Tantos años de promesas demagógicas, chantajes, miedos inducidos y represión descarnada no han podido acallar el ansia de libertad de cubanos y venezolanos, quienes debemos mantenernos firmes en nuestra fe y autoestima cívica, convencidos de que ellos conservan a toda costa un poder vacío de sensibilidad y respuestas y nosotros, los de abajo, tenemos toda la razón y todo el tiempo.