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Cuarenta años sin pedir perdón
Leonardo Calvo Cárdenas
11 de abril de 2016
Ningún organismo internacional conoció nunca de una condena de Cuba a los fascistas argentinos en el poder.
 

Hace cuarenta años se vivía en Cuba una intensa efervescencia noticiosa. Creaban incertidumbre e inquietud los acontecimientos en la Argentina estremecida por la inestabilidad y la confrontación política. Este 24 de marzo pasado se cumplieron cuatro décadas del golpe militar que instauró la dictadura militar en el país austral (1976-1983), la cual causó profundo trauma en la sociedad argentina con sus desaparecidos y la guerra de las Malvinas (1982) con su secuela de frustración y jóvenes muertos o mutilados.

El golpe militar que derrocó el gobierno de María Estela Martínez, última viuda del ex presidente y caudillo Juan Domingo Perón, incluía a Argentina en la oleada de dictaduras militares de derecha con que se intentaba cerrar el paso al posible avance de fuerzas políticas procastristas en la región.

Ante el hecho, el criterio generalizado en Cuba era que volveríamos a vivir la misma dinámica que provocó el golpe militar que derrocó al presidente Salvador Allende en Chile (11 de septiembre 1973). Todos pensábamos que asistiríamos a una aparatosa ruptura de relaciones diplomáticas, a las altisonantes condenas y a los interminables discursos del máximo líder satanizando a los militares recién instalados en el poder.

Sin embargo con el derrocado gobierno argentino no existían las identidades ideológicas ni los compromisos políticos que los gobernantes cubanos mantenían con el malogrado gobierno de la Unidad Popular chilena. Al parecer los vínculos y acuerdos comerciales establecidos con argentina disuadieron al alto liderazgo de La Habana de proyectarse en plan confrontacional y crítico con el nuevo gobierno de facto.

Ante la resistencia y oposición que enfrentaron, los dictadores militares argentinos desataron toda su capacidad y vocación represiva. Resultan dantescas las historias de torturas, asesinatos, con su secuela de cientos de niños desaparecidos que sembró el dolor en muchos hogares argentinos y causó una herida profunda en el alma de esa nación.

A pesar de todo eso, las relaciones diplomáticas entre nuestros países bajaron algo de nivel pero nunca se rompieron, las relaciones comerciales siguieron el curso normal de aquellos tiempos. Por cierto recuerdo indeleble de aquellos vínculos son los más de mil millones de dólares que todavía Cuba debe al país suramericano.

Ningún organismo internacional conoció nunca de una condena de Cuba a los fascistas argentinos en el poder ni de una condena de los militares argentinos a la Cuba comunista. Esta tácita complicidad no resulta excepcional o aislada, pues los gobernantes cubanos saben muy bien cerrar los ojos ante la represión y el crimen cuando tal actitud favorece sus intereses inmediatos o sus relaciones coyunturales.

Enorme sorpresa y decepción causó en los que creían en el humanismo libertario de la revolución cubana el respaldo del comandante en jefe a la invasión soviética a la Checoslovaquia de 1968. En ese mismo momento el alto liderazgo de La Habana miró para otro lado cuando los jerarcas del PRI (Partido revolucionario Institucional) mexicano masacraron a los estudiantes en Tlatelolco. Muy escondida quedó la cacareada solidaridad internacionalista cuando los gobernantes cubanos no movieron un dedo ante las sangrientas represiones desatadas contra los comunistas locales por los regímenes de Indonesia e Iraq.

El momento más deplorable de esa actitud cómplice con la dictadura argentina fue el comportamiento de las autoridades cubanas ante los sucesos conocidos como la guerra de las Malvinas. En un acto hipócrita, oportunista e insensible, destinado a especular con los legítimos sentimientos patrióticos del pueblo argentino y a escapar eventualmente de la crisis y el generalizado rechazo que enfrentaban, la junta militar invadió las islas Malvinas, ocupadas por Gran Bretaña hace mucho tiempo. El acto demagógico e irresponsable desató un enorme conflicto internacional y expuso a muchos jóvenes argentinos a una muerte segura e inútil.

El gobierno cubano manifestó inmediato e irrestricto apoyo y solidaridad a la “causa argentina” y el ex presidente Castro, con ese síndrome de potencia trasnochada que siempre lo aquejó, llegó a asegurar que estábamos dispuestos a enviar tropas cubanas al conflicto. No debemos olvidar la manipulación mediática puesta en práctica por las autoridades cubanas. Durante los días de la guerra de Malvinas fueron tantas las tergiversaciones publicadas por la prensa oficial que muchos cubanos se sorprendieron ante la noticia de la victoria final de las tropas imperiales británicas y se popularizó el sarcasmo que aseguraba que Jorge Enrique Mendoza, un ex capitán del ejército rebelde en aquel momento director del diario Granma, había ganado la guerra de las Malvinas en las páginas del rotativo oficialista cubano.

Quien escucha a los voceros oficialistas hoy referirse a los sucesos de hace cuatro décadas en Argentina y de la participación norteamericana en los mismos, no puede imaginar los silencios cómplices y los respaldos manifiestos que pretenden olvidar esos que todavía mal gobiernan a Cuba y deberían pedir perdón al pueblo argentino.