Artículos
 
Venezuela, la herencia maldita
Leonardo Calvo Cárdenas
29 de diciembre de 2015
Ni el desenfreno populista de las autoridades, ni los meticulosos métodos de control, inteligencia y represión traídos desde Cuba para sembrar el pánico y la paralasis cívica pudieron impedir que la voluntad popular se manifestara en las urnas ante tantas promesas incumplidas en una sociedad sumida en el retraso, la injusticia y la intolerancia.
 

Los aplastantes resultados de las recientes elecciones parlamentarias en Venezuela, donde la oposición logró capitalizar una mayoría aplastante de 112 escaños para la Mesa de la Unidad Democrática MUD por 55 del oficialista Gran Polo Patriótico, para la legislatura que debe comenzar a principios del 2016, puede apreciarse como una clarinada de que no todo está perdido para las siempre insatisfechas esperanzas democráticas de América latina

Tal vez perdieron de vista los caudillos chavistas y sus mentores castristas que no basta con paternalismo populista y meticulosa represión para someter eternamente a un pueblo con natural vocación de libertad y justicia.

Parece que la vanidad del poder encandila tanto que impide asimilar las enseñanzas de la historia y las señales de la realidad. Incluso en Cuba, donde hace mucho tiempo se cerraron todos los espacios de expresión y participación cívica, donde el sistema electoral resulta una trampa burlesca, las autoridades han necesitado entronizar las más descarnadas acciones fraudulentas para esconder el creciente voto de castigo y de rechazo en los periódicos y caricaturescos ejercicio de sufragio que no reconocen ni los amigos del castrismo en el mundo.

El liderazgo chavista no asimiló las lecciones que han dejado varias contiendas electorales, en su mayoría dominadas por sus bien engrasados mecanismos de control y manipulación, aunque iban marcando una tendencia inequívoca de perdida de la mayoría y un claro repunte de popularidad para las fuerzas políticas alternativas.

En esta ocasión ni las presiones represivas contra los sectores cívicos y políticos independientes, ni la ofensiva contra líderes y signatarios elegidos democráticamente rindieron frutos para los intereses chavistas. Ni siquiera la estructuración de los distritos electorales, bien dispuesta para burlar la previsible tendencia del voto en los grandes centros urbanos pudo impedir esta derrota estrepitosa, cuya dimensión creo no fue calculada previamente por casi nadie.

La catastrófica gestión gubernamental del gobierno encabezado por Nicolás Maduro, quien sucedió a Hugo Chávez a la muerte de este, fue agravada por el derrumbe de los precios del petróleo que colocó a la ya maltrecha economía venezolana en franca recesión.

En el momento en que la mayoría de las economías latinoamericanas y caribeñas lograron escapar a los efectos de la crisis que azotó fuerte hace unos años, para mantener crecimiento o estabilidad, cuando incluso Nicaragua y Haití presentan indicadores favorables, la economía venezolana se desmorona al punto que los cuantiosos recursos y ventajas comparativas con que cuenta no lograron impedir la más terrible crisis de abasto para el consumo, la cual convierte el día a día de los venezolanos en un terrible vía crucis.

La carestía galopante de lo más elemental se une al crecimiento de la criminalidad que lleva a la sociedad venezolana al punto de lo invivible, a lo que se agrega la creciente intolerancia política de las autoridades chavistas. El gobierno chavista, fiel a su naturaleza populista, ha insistido en aumentar los salarios, lo cual sin respaldo productivo y comercial ha disparado la inflación, lo cual hace más difícil salir de la crisis.

Ni el desenfreno populista de las autoridades, ni los meticulosos métodos de control, inteligencia y represión traídos desde Cuba para sembrar el pánico y la paralasis cívica pudieron impedir que la voluntad popular se manifestara en las urnas ante tantas promesas incumplidas en una sociedad sumida en el retraso, la injusticia y la intolerancia.

A todas luces la convulsa y desesperante realidad venezolana convirtió el creciente rechazo de los últimos años en considerable mayoría que apuesta por un cambio trascendental que recupere la estabilidad económica y las garantías propias de un verdadero estado de derecho.

En la derrota los “revolucionarios” destructores de Venezuela invocan a su finado líder como paradigma de una improbable resurrección política para recuperar la mayoría perdida. Sin embargo pierden de vista que la actual crisis se debe en gran medida a las megalómanas ambiciones geopolíticas del presidente Chávez, quien habiendo capitalizado las frustraciones del pueblo venezolano y con unas cuantas elecciones ganadas se sintió dueño infalible de toda Venezuela a la que gobernó con el mesianismo carismático digno de nuestra cultura, con populismo paternalista e implacable mano dura guiada desde La Habana.

Durante quince años Hugo Chávez despilfarró la gran bonanza petrolera alimentando sus excéntricos afanes de gran potencia con pies de barro. En lugar de impulsar la diversificación y fortalecimiento de la economía venezolana y acumular cuantiosas reservas financieras para prevenir posibles escenarios de crisis, el “comandante eterno” dedicó miles de millones a financiar y subsidiar proyectos políticos y gobiernos afines en el continente y más allá, mientras tanto insistía en la ridiculez política de arremeter verbalmente contra el imperio al que le vendía sus hidrocarburos.

Tal parece que Chávez se veía a sí mismo como el mesías emancipador del mundo y líder de una revolución global que uniera bajo su mando a campesinos, pueblos originarios e intelectuales de izquierda castrista de Latinoamérica con incombustibles combatientes del oriente medio para derrocar a todos los imperios. En su trasnochado delirio llegó a acuñar el término doctrinal de socialismo del siglo XXI, que por cierto nunca llegó a conceptualizar.

Con parte de todo aquel caudal dilapidado y un poco de raciocinio y sensibilidad los gobernantes venezolanos hubieran tal vez podido capear los temporales económicos y políticos que ahora los azotan sin misericordia alguna.

A estas alturas, en su dolorosa soledad, Fidel Castro pensará en lo bien que hizo al obligar a sus adversarios a votar con los pies y cuánta razón tenía cuando proclamó “¿Elecciones para qué?”, lo cual más que una interrogante retórica fue una declaración de principios.

La coalición vencedora en Venezuela enfrenta sus retos más altos y ojalá sean capaces de mantener la unidad, no sucumbir a tentaciones ni ante las provocaciones del gobierno chavista empeñado en mantener su poder a toda costa promoviendo la confrontación fratricida que invalida los resortes de la democracia y el civismo.

Los vencedores de esta contienda histórica deben aprovechar el capital político alcanzado para demostrar que desde la ley y el orden constitucional se pueden hacer valer la justicia y la dignidad humana, para reafirmar que no hay que agradecer al poder por los derechos y que desde Venezuela se puede dar una nueva oportunidad a la verdadera democracia de América Latina.

Los demócratas de todo el mundo esperamos que los diputados de la MUD sepan legislar con firmeza y equilibrio para sentar las bases del renacimiento económico y democrático que tanto anhelan los millones de venezolanos que ese domingo 6 de diciembre apostaron fuerte por la vida y la esperanza.