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La oportunidad perdida
Manuel Cuesta Morúa
23 de septiembre de 2015
(El País/Madrid) En plan religioso la visita del Papa a Cuba puede considerarse un éxito, no así en sentido político.
 

(El País/Madrid) Entendámonos. En plan religioso la visita del papa a Cuba puede considerarse un éxito. Los católicos cubanos deben decir, y dirían bien, Francisco ha cumplido. Nuestra iglesia ha salido reforzada y sin lugar a dudas, dios está con nosotros. Se ha sellado la reconciliación con el gobierno cubano y, aunque los molinos de los dioses muelen lentamente, no poco hemos logrado en 17 años, un tiempo bíblico breve en nuestra historia milenaria.

Lo cual constituye una conquista ejemplar en términos de razón teológica de Estado, una vez vista la dura pugna histórica entre Iglesia y Estado cubano por la hegemonía cultural de la nación. Con este telón de fondo, el papa vino a asegurarse que su minoría cubana continuaría siendo recompensada por una labor que, pensada políticamente, constituye una fina operación desde el realismo político medieval: balance de poder sin la carga de los valores individuales que es propia del personalismo religioso de la democracia cristiana.

La misión política de la iglesia en Cuba y del Vaticano actual queda así bien clara: el juego off shore en la frontera entre Estados Unidos y Cuba. El peligro, en términos de modernización plural del espacio público, es el de un nuevo pacto iglesia-Estado para el reparto asimétrico de la sociedad cubana en parcelas espirituales que cooperan entre sí y se refuerzan mutuamente. Si no es un montaje, se comprende en esta perspectiva el grito agónico en la extrema izquierda de Aleida Guevara, la hija de Ernesto Guevara de la Serna, cuando se niega a acudir al llamado estratégico del liderazgo comunista para acompañar a Francisco en la plaza teológico-revolucionaria. Ella no capta desde la ideología, expresando probablemente el sentimiento de miles de comunistas puros, lo que es una doble movida de poder político y poder cultural.

En plan de política temporal el paso de Francisco por Cuba fue una oportunidad perdida. Empezó mal desde la misma narrativa construida para la preparación psicológica de su visita. Decir que el papel de la iglesia no es político es negar, sobre todo, a la iglesia católica misma. Afirmarlo, desde América Latina, con un papa latinoamericano, no tiene sentido histórico en un subhemisferio que se niega a crear el bienestar posible cuando este amenaza las esencias y las formas de hacer y pensar públicos donde todo es, ante todo, política. Y asegurarlo con un Vaticano bocón y dicharachero es un vano intento de desdibujar la percepción global que ha distinguido a Francisco.

El llamado público y reiterado a la reconciliación en Cuba y a trabajar por la persona humana, no por y para las ideologías, suponía un igual reconocimiento público de todas las partes a reconciliar. Todo ello asistido por un hecho único en el derecho internacional, al menos para occidente: el Vaticano es el único Estado cuya legitimidad se asienta en la intromisión espiritual en los asuntos internos de los demás Estados, por encima del ordenamiento jurídico y alejado de las pugnas y de los intereses ordinarios que se ventilan en el tablero mundial. Dicho de otro modo: el Vaticano es el único Estado reconocido que tiene como objeto, sustancia e instrumento político (sus) los valores. Lo que el papa Francisco intenta recuperar con su pontificado.

Pero su empuje revolucionario se detuvo frente a una revolución congelada. Él perdió aquí la posibilidad de hacer valer lo mejor de su discurso: el valor de la persona social. Hablar de las desigualdades en los capitalismos establecidos y no hacerlo en los capitalismos que empiezan, como el de Cuba, donde estas son más agudas y escandalosas, destaca una fisura en la coherencia entre la retórica vaticana y la acción papal, que no consiste en otra cosa que en decir las palabras precisas, en el lugar preciso y con todas las gentes precisas. Desde la parábola.

El no hagas lo que yo digo, sino lo que yo hago amenaza con poner un signo de caducidad temprana al impacto de una visita que tuvo la oportunidad de dar visibilidad y nombre al rostro de los frágiles, luego de haber nombrado y hecho visible la fragilidad colombiana. Debilita por otra parte, y en el largo plazo, el trabajo de reconciliación de una iglesia que, justo cuando es más necesario, tiene serias dificultades para llegar al nervio moral de la sociedad y para atraer a más gentes a sus puertas; y pospone sine die la tarea urgente de recuperar un centro, por encima de intereses partidistas, para articular una interlocución política entre toda la sociedad. La idea de que la iglesia en Cuba es una facción más que gana espacio desvirtúa su misión.

Fue interesante, desde luego, el guiño papal a las otras maneras de entender la religiosidad. Y nada perdía Francisco, con dos minutos de audiencia pública a las Damas de Blanco: el doble resumen en Cuba de todas las fragilidades: las de la mujer, las de los hijos, las de la pobreza y las de la marginación de las diferencias en el límite de todas las violencias de Estado. Su empatía con el gobierno cubano revela quizá algo más profundo: la naturaleza conservadora de los revolucionarios.

* Manuel Cuesta Morúa es portavoz partido Arco Progresista

Fuente: El País (Madrid, España)