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Mandela: más allá del mito
Gonzalo Bustamante Kuschel
12 de diciembre de 2013
(La Tercera) Mandela y su generación estuvieron dispuestos a hacer hasta el último día todos los esfuerzos posibles porque una nación multirracial fuera posible. En él anidó el idealismo pero también el realismo. Saliendo de la cárcel se apresuró a declarar que una Sudáfrica sin blancos no tenía destino. No fueron pocos los miembros del CNA y otros grupos que quisieron pasar aplanadora a quienes los habían explotado y humillado. Tampoco faltaron los que lo acusaron de “venderse al neoliberalismo”. La figura de Mandela, por su peso moral, hizo prevalecer la búsqueda de la reconciliación, la viabilidad económica y política de Sudáfrica.
 

(La Tercera) Nelson Mandela es de esos personajes que está más allá de la evaluación histórica por sus acciones políticas concretas en el ejercicio del poder: simboliza la lucha por una causa justa, la coherencia de hacerlo hasta las últimas consecuencias y la visión y coraje, de llegado el minuto, no buscar el revanchismo, sino pensar en el bien general de su país.

No siempre fue así. Después de su muerte no han sido pocos los actores políticos que han tenido que arrepentirse de lo que dijeron de él; por ejemplo, buena parte de la derecha de los países desarrollados alguna vez lo consideró un “comunista peligroso”. Es más, fuerzas socialdemócratas y sindicatos que condenaban el sistema racista sudafricano, mostraban un apoyo tibio o abierta indiferencia por apoyar a su movimiento, el Congreso Nacional Africano (CNA). El anticomunismo no era menor en la socialdemocracia, y al igual que las fuerzas políticas conservadoras, liberales y democristianas eran abiertamente contrarios al bloque soviético. Eran los tiempos de la Guerra Fría.

Para entender ese cambio se necesita atender a la naturaleza del sistema de segregación racial de Sudáfrica, el Apartheid. Ideológicamente estaba estructurado como una república cristiana (fuertemente influida por la interpretación político-calvinista de Abraham Kuyper). Pretendía una reivindicación política de quienes habían sido la población de origen europeo no británica de Sudáfrica, los afrikáners. Estos últimos, compuestos básicamente por inmigrantes holandeses, alemanes y franceses, habían desarrollado su propia lengua (el afrikáans) y habían sido sometidos a variadas formas de discriminación por el Imperio Británico.

Los británicos llegaron a desarrollar una idea de superioridad cultural y racial. En la guerra contra ellos, buscaron su exterminio en campos de concentración. Por eso, la victoria del partido nacionalista afrikáners (Partido Nacional) fue una derrota para la minoría británica (la cual nunca perdió el poder económico) y significó la instauración como régimen político de una segregación racial, si bien ya existente bajo el Imperio, que ahora buscaba la “afrikanización” de la sociedad y la protección de los afrikáners. El verdadero arquitecto de su institucionalización en su forma populista-republicana del nacionalismo afrikáner, fue el holandés Hendrik Verwoerd. Para promover sus intereses, los afrikáners llegaron a desarrollar una de las sociedades secretas más influyentes del mundo, la Afrikaner Broederbond.

Es en ese contexto donde nacerá el CNA. Su primer presidente fue John Dube, pero el primer liderazgo real fue el premio nobel de la paz, Albert Lutuli. Una troika que no compartía sus métodos pacíficos, “tipo Gandhi”, lo desplazará del poder por medio de la formación del brazo armado Umkhonto we Sizwe: Nelson Mandela (el líder), Oliver Tambo (el gran articulador) y Walter Sisulu (el ideólogo del grupo). Ellos girarán el CNA hacia posiciones de enfrentamiento hacia el gobierno de minoría blanca, buscando generar una negociación mediante ellas. Desde un punto de vista doctrinario-estratégico, jugará un rol relevante en esta transformación el líder comunista Joe Slovo (fue el principal líder blanco del CNA. El PC sudafricano es hasta hoy una pieza clave de su estructura política). Luego vendrá lo que todos conocemos: la captura y prisión de Mandela y Sisulu, la continuación de la resistencia desde el exilio, por Tambo. Décadas después, la liberación de los dos primeros, el retorno de Tambo y el inicio de los gobiernos del CNA hasta hoy.

¿Qué pasó que se desmoronó el Apartheid?

Militarmente nunca estuvieron realmente amenazados. El ejército sudafricano era parte de la elite bélica mundial. Inclusive, Sudáfrica nunca perdió la guerra no declarada hacia los llamados países de la línea del frente (Mozambique y Angola fueron los casos más relevantes, ambos apoyados por Cuba). No pasó por ahí. Se sumaron factores. La presión de la clase empresarial que miraba con malos ojos la mantención de un sistema político que no era conveniente para sus intereses; Sudáfrica enfrentó embargos permanentes. Y muy importante, la elite afrikáners, incluyendo a la Afrikaner Broederbond, llegaron a la conclusión que el Apartheid no era viable sin Guerra Fría y que era mejor negociar una transición cuando aún había tiempo.

¿Cuál era la relevancia del fin de la Guerra Fría?

Occidente mantuvo una actitud básicamente cínica hacia el régimen segregacionista. Si bien lo condenaba verbalmente y se sumaba a embargos comerciales, culturales y deportivos, en la práctica toleraba el Apartheid, considerado como una garantía para que no ocurriese ahí lo de Angola, que de un sistema colonial se pasó a uno percibido como pro soviético.

La memoria es frágil pero gente como Dick Cheney llegaron a considerar a Mandela y el CNA como un peligro hacia los intereses norteamericanos. Olof Palme fue de las pocas personalidades occidentales en ejercicio del poder que de modo real estuvo involucrado en la lucha del CNA. En eso, la imagen del ex primer ministro sueco merece un lugar de privilegio en la lucha democrática sudafricana, al igual que en el caso chileno. Por cierto, es insólito que Palme no posea una calle principal que lo honre en Chile por lo que hizo en materia de DD.HH hacia nuestro país, sobretodo existiendo tantas con nombre irrelevantes.

¿Qué elite puso fin al Apartheid?

Existió un grupo minoritario de intelectuales y políticos (el historiador Giliomee, el economista Terreblanche, políticos como van Zyl Slabbert, entre muchos) que se oponían desde hace tiempo al régimen. También figuras morales como Beyers Naudé. En ese grupo fue fundamental un hombre del mundo académico y cercano a Anton Rupert, uno de los empresarios más influyentes del país. Su nombre: Willie Esterhuyse. Fue uno de los participantes de las famosas negociaciones clandestinas a espaldas del presidente Botha para poner fin al Apartheid y liberar a Mandela. Su figura será llevada al cine por William Hurt en el Fin del Juego. Al volver a la democracia será condecorado por el sucesor de Mandela, Thabo Mbeki. Esterhuyse (a quien conocí como alumno en Stellenbosch) apostará que una elite posee en ciertos momentos dos opciones: favorecer cambios pacíficos o agudizarlos, abriendo paso a la violencia y colapso de la sociedad.

Una de sus últimas preocupaciones es la existencia de un doble populismo. El que se genera desde la clase política cuando ésta es incapaz de contener las aspiraciones de la ciudadanía. No sería la única variante: existiría aquel que fomentan ciertos agentes económicos que buscan producir una cultura del enriquecimiento inmediato. A su parecer, para Sudáfrica en la era democrática, el segundo era tan peligroso como el primero. El generar la aspiración del éxito fácil sería una forma de fomentar actitudes irresponsables en los ciudadanos y ambiciones inmediatas de tipo imitativas; ¿si mi vecino cambia el auto a cada rato, no tengo derecho a lo mismo? El populismo-consumista minaría las bases de la responsabilidad en la sociedad eliminando el sacrificio básico que se requiere para alcanzar el desarrollo. A su juicio, por la permanencia ahora de un “apartheid económico” (hay millonarios en todas las etnias) no se puede hablar de Sudáfrica como una nación exitosa, todavía es frágil. Su éxito dependería de la conciencia que su elite económica y política cultive.

Mandela y su generación estuvieron dispuestos a hacer hasta el último día todos los esfuerzos posibles porque una nación multirracial fuera posible. En él anidó el idealismo pero también el realismo. Saliendo de la cárcel se apresuró a declarar que una Sudáfrica sin blancos no tenía destino. Es así como visitará a Betsie, la viuda del arquitecto del Apartheid, quien se encontraba viviendo (post-apartheid) en un enclave sólo para blancos N(Orania). No fueron pocos los miembros del CNA y otros grupos que quisieron pasar aplanadora a quienes los habían explotado y humillado. Tampoco faltaron los que lo acusaron de “venderse al neoliberalismo”. La figura de Mandela, por su peso moral, hizo prevalecer la búsqueda de la reconciliación, la viabilidad económica y política de Sudáfrica.

La figura de Mandela, Sisulu, Tambo y Mbeki lo son de la responsabilidad política, que les dio una estatura moral como a pocos. La de los Esterhuyse (entre muchos otros como los ya mencionados), la conciencia de una elite que debe saber cuándo han llegado los tiempos del cambio.

Fuente: La Tercera (Santiago de Chile)