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Apoteosis de la censura
Juan Orlando Pérez
20 de febrero de 2018
(El Estornudo) En 1993, solo dos años después de la muerte de la Unión Soviética, o incluso en 2002, cuando Fidel estaba todavía vivo, la exhibición de Doctor Zhivago en la televisión cubana hubiera sido imposible, y por eso mismo, si un pillo, milagrosamente, la hubiera colado en la programación sin que los comisarios se dieran cuenta, el escándalo hubiera sido atronador.
 

(El Estornudo) La televisión cubana, esa inexpugnable ciudadela medieval, ha presentado a sus muy maltratados espectadores Doctor Zhivago, cincuenta y tres años después de su estreno en los cines de casi todo el mundo, con la grosera excepción de los de los países que solían llamarse a sí mismos, descaradamente, socialistas. Si la película hubiera sido exhibida, muy discretamente, en el horario de la madrugada de Cubavisión, anclada entre novelas coreanas y documentales sobre jirafas y rinocerontes, o sobre el 26 de Julio, casi nadie hubiera notado su inesperada exhibición en Cuba, y nadie, de los que quizás se hubieran dado cuenta, se habría quedado despierto hasta las cuatro de la mañana para ver a Omar Sharif y Julie Christie amarse desesperadamente durante tres horas y veinte minutos con calamitosas consecuencias. En la época, muy reciente, en que la televisión cubana consistía en dos canales nacionales que transmitían desde las seis de la tarde hasta poco antes de la medianoche, no hubiera sido posible esconder la película en el horario en que, en Cuba, solo los borrachos, los ladrones, los suicidas y el general de guardia en la Seguridad del Estado están todavía despiertos. Ahora, con el extravagante lujo de seis canales, y programación ininterrumpida en algunos de ellos, bien pudieron, quienesquiera que estuvieran interesados en ello, exhibir la película y borrar la vergüenza de no haberlo hecho, sin que nadie se enterara, y algunos pesados sacaran cuentas de cuánto tiempo les había tomado hacerlo. Pero no hubo ningún intento de ocultar la transmisión de Doctor Zhivago en el fondo de la noche, sino que más bien, se diría, alguien quiso que este pequeño acontecimiento cultural no pasara desapercibido y fuera debidamente apreciado y comentado, y a eso vamos.

La película fue exhibida en Historia del Cine, uno de los más antiguos y útiles programas de la televisión cubana, a la hora, muy razonable, de las 9:54 de la noche. En la cartelera televisiva que publicaron los medios cubanos el 22 de enero, la aséptica sinopsis de Doctor Zhivago incluyó una larga enumeración de los premios recibidos por la película, cinco Oscars, cinco Globos de Oro, tres David di Donatello y hasta tres Laurels, un trofeo que no se entrega desde 1971 pero que el acucioso redactor que copió de Wikipedia esa lista no quiso dejar fuera. Hasta la novela de Boris Pasternak, que nunca ha sido publicada en Cuba, era mencionada en la sinopsis, quizás porque el redactor de la cartelera no tiene idea de quién fue Pasternak, no tuvo tiempo de buscarlo en Wikipedia, y no se dio cuenta de la barbaridad que estaba haciendo, o bien, porque, muy atrevidamente, se le ocurrió que esa breve referencia a la fuente literaria de la película iba a obligar a Granma, a Juventud Rebelde y hasta al aguerrido Trabajadores a imprimir, casi con seguridad por primera vez, el nombre del escritor al que el gobierno soviético trató como a un traidor y al que Nikita Jrushchov obligó a renunciar al Premio Nobel de Literatura de 1958. Muchos espectadores que no leyeron la cartelera, y tampoco han leído Granma o Trabajadores en más de treinta años, quizás llegaron a Historia del Cine sin saber lo que iban a poner esa noche, medio dormidos ya, y a punto de apagar el televisor e irse a la cama, pero Carlos Galiano, el severo, erudito presentador del programa, los hizo abrir los ojos cuando reprobó, uno supone que con sinceridad, la perniciosa ideología de Doctor Zhivago y hasta la intervención de la CIA, ya comprobada, no lo inventó él, en la concesión del Nobel a Pasternak.

Si Galiano se hubiera limitado, como el redactor de la cartelera, a recitar los premios obtenidos por la película, elogiar la fotografía de Freddie Young o la música de Maurice Jarre, y comparar Zhivago, tal vez desfavorablemente, con otras epopeyas de David Lean, El Puente sobre el Río KwaiPasaje a la India, y, sobre todo, Lawrence de Arabia, esos espectadores medio dormidos habrían apagado el televisor, refunfuñando, caballero, que en Historia del Cine ya no ponen ninguna película buena, ese programa se echó a perder. Pero Galiano tenía que recitar una crítica ideológica de Zhivago que quizás haya sido la condición que algún comisario político, no tan distinto de los que aparecen en el libro, impuso para permitir la exhibición de la película. Quizás en ese momento algunos de los espectadores que ya se habían levantado de sus butacas, se sentaron de nuevo. La mayoría debe haber apagado el televisor de todas maneras, las palabras “Gran Revolución Socialista de Octubre”, que Galiano, increíblemente, pronunció, deben haberlos espantado, no, hijo, no, yo no estoy pa’ esa muela a esta hora, mañana hay que trabajar. Los que se quedaron hasta el final, diga Galiano lo que diga, vieron una película imperfecta, naturalmente, pero con abundantísimos méritos artísticos, que los cubanos debían haber visto en los cines en el momento de su estreno mundial, no ahora que es una reliquia. Quizás, hay que confiar en la humanidad, algunos de esos espectadores se haya hecho el propósito de leer la novela, que sobrevivió la polémica mundial que siguió a su aparición, y en contra de lo que Jrushchov hubiera querido, es considerada ahora, incluso en Rusia, uno de los libros más ilustres del siglo XX. Los que quieran leer Doctor Zhivago en Cuba, Galiano bien podría haberlo aclarado, tendrán que pedírsela a un amigo que tenga una edición extranjera, porque la Editorial Arte y Literatura no parece que vaya a hacer lo mismo que Historia del Cine. Ese otro atropello a los derechos de los cubanos, no haber publicado Doctor Zhivago, y tantas otras obras maestras contemporáneas, no ha sido aún reparado.

Este pequeño episodio tiene, en sí mismo, absolutamente ninguna importancia, es tan insignificante como casi todo lo que pasa en Cuba, un país en el que se vuelven triviales, por no forzar consecuencias, incluso los acontecimientos aparentemente más notables, una revuelta en el Malecón, la visita de un Papa, o la del Presidente de Estados Unidos, la muerte de Fidel Castro. Cuba tiene una feroz habilidad para deshacer cualquier amenaza a su grotesca normalidad, transforma todo aquello que podría ser historia en anécdota.  Pasan cosas, pero al final, no pasa nada. En 1993, solo dos años después de la muerte de la Unión Soviética, o incluso en 2002, cuando Fidel estaba todavía vivo, la exhibición de Doctor Zhivago en la televisión cubana hubiera sido imposible, y por eso mismo, si un pillo, milagrosamente, la hubiera colado en la programación sin que los comisarios se dieran cuenta, el escándalo hubiera sido atronador, GranmaJuventud Rebelde y Trabajadores habrían desmenuzado la película en busca de errores y mentiras, y Fidel, en persona, le habría hecho al pillo todo lo que Jrushchov quiso hacerle a Pasternak y no pudo. Historia del Cine habría sido eliminada, y Galiano se habría podido considerar afortunado si lo hubieran dejado trabajar de utilero en el ICAIC. Después de dos semanas, nadie se hubiera acordado de Doctor Zhivago, ni de Carlos, ¿quién?, pero mientras el escandalito durara, los círculos intelectuales de La Habana habrían estado muy alborotados, como cuando se estrenó Alicia en el Pueblo de Maravillas, o cuando Fidel repudió Guantanamera, y Alfredo Guevara renunció a la presidencia del ICAIC, como si no fuera el presidente del ICAIC, sino el del Instituto de Cine Sueco, y renunciar, protestando contra un intento del Estado de censurar las artes, fuera una cosa que uno hace.

En aquellos años, 93, 94, todavía quedaba en Cuba, a pesar de tantas pruebas adversas, una cierta inocencia histórica, la impresión de que algo, alguna vez, iba a pasar que hiciera al país resucitar, o cuando menos, volverlo entretenido, una película de acción y no una de Sundance. Tan ansiosa de un cambio estaba la gente, no de un cambio cambio, sino de que al menos algo, por diminuto que fuera, cambiara, que cualquier insulso incidente les hacía creer que una Bastilla era inminente. Ahora la mayoría de los cubanos ha llegado al convencimiento de que lo único que pueden cambiar es su casa, o su nacionalidad, o, si tienen suerte, ambas. Como el peripatético concierto de los Rolling Stones en La Habana, que fue como visitar un museo de los sesenta, no vivirlos, o siquiera recordarlos, la exhibición de Doctor Zhivagoen Historia del Cine se demoró tanto que ya la película, como el libro, si lo publicaran ahora, no tendrían nada que enseñarles a los cubanos que ellos, al menos los que hayan tenido curiosidad para averiguar qué fue la Unión Soviética, o lo hayan descubierto personalmente, no supieran ya. Doctor Zhivago no habrá sido publicada por las editoriales cubanas, pero 1984 sí, y todos tan contentos.  El espeso letargo político, social, cultural y moral de Cuba no lo perturbaría ya ningún libro, ya no digamos uno europeo o norteamericano, ni siquiera uno escrito por un cubano, Antes que anochezcaMea CubaLas Palabras PerdidasInforme contra mí mismo, La Fiesta Vigilada. La editorial Letras Cubanas bien podría publicar esas exquisitas gusanerías que hasta los miembros del Buró Político, los que saben leer, las leerían con interés. Un año después de ser publicada en esta Cuba inerte, Antes que anochezca estaría mosqueándose en los puestos de libros viejos, a veinte ceucés el ejemplar.

La censura vence así, por cansancio, volviendo viejo y banal lo que una vez fue filosamente radical. La censura política directa es una pobre respuesta, típica en sistemas políticos primitivos y débiles, a una emergencia, la posible publicación de una línea,  o todo un artículo, o un libro, o cualquier otra zoquetería cuyo alcance y peligrosidad los censores, que siempre están sobresaltados, con frecuencia sobrestiman. Prohibir un libro, o una película, o una exhibición de arte, trae algunas molestas consecuencias para los censores, un escándalo doméstico, regaños en la prensa extranjera, pero los censores calculan, con razón, que la mayoría de los intelectuales, como la vasta mayoría de las personas, no están dispuestos a morir ni a ir a la cárcel en nombre de la libertad, y que después de bisbisear sus quejas durante algunos días, terminarán por callarse. Entre Vassily Grossman, que escribió a Jrushchov defendiendo gallardamente “la libertad” de su libro, el titánico Vida y Destino, igualmente prohibido, y Pasternak, que le escribió pidiéndole piedad, los censores saben que la mayoría de los escritores, llegado el caso, serían más Pasternak que Grossman. Pero para ser totalmente efectiva, la censura necesita tiempo, lograr que desaparezca la curiosidad por lo censurado, y que el libro o la película malditos se desgasten lentamente en los corredores de la clandestinidad y en su propia, exagerada leyenda, hasta que, pasados los años, ya no sean dañinos, o no tanto, solo los restos arqueológicos de otra época, una vasija rota sacada del fango de la historia, y no haga falta insistir en su prohibición, se puede permitir que la gente los vea y se queden con el regusto amargo de la decepción.

En Cuba, la censura ha devastado varias generaciones de escritores, artistas y periodistas, y ha enterrado a muchos de ellos, pero la verdadera medida de su resonante eficacia está no en lo que ha prohibido, sino en lo que ha permitido que se publique o se exhiba, tres o cuatro décadas después de haberlo condenado a la oscuridad. La publicación en Cuba de Paradiso, en 1991, no fue una vindicación de José Lezama Lima, que llevaba 16 años muerto y no se enteró de nada, sino de los comisarios culturales que en 1966 decidieron impedir que los cubanos leyeran la novela más importante escrita en la isla en el siglo XX, o más exactamente, no impedirlo, sino postergarlo treinta años. Hubo, en el 91, una gran pelea en la Plaza de Armas entre lectores supuestamente mansos que querían adquirir un ejemplar, pero la mayoría de ellos solo quería leer el capítulo VIII, las aventuras de Farraluque y el guajiro Leregas, que a esas alturas, habiendo aprendido los cubanos dos o tres cosas sobre el sexo entre hombres entre el momento en que se escribió la novela y la aparición de pingueros y travestis en las calles de La Habana, probablemente les parecieron, ¿cómo decirlo sin insultar a Lezama?, aburridas. Los censores de Lezama quizás no lo entendieron así, pero aquella peleíta en la Plaza de Armas era su apoteosis, la confirmación de que habían completado una obra maestra, del tipo de las que Goebbels o Zhdánov nunca consiguieron. Ahora que Fidel se murió, él nunca lo hubiera permitido, en cualquier momento publican Tres Tristes Tigres, o La Habana para un Infante Difunto, y seguramente, si lo hicieran, habría muertos, la gente se subiría por los muros de La Cabaña como si fueran los ingleses invadiendo La Habana otra vez. La mitad de esos nuevos lectores de Tres Tristes Tigres no terminarían la novela, y la mitad de la otra mitad, al terminarla, se preguntarían, ¿es esto?

Que los censores de la televisión cubana, una institución en la que dos de cada tres empleados están directamente dedicados a censurar a los demás y a sí mismos, hayan permitido la exhibición de Doctor Zhivago en Historia del Cine, no debe ser interpretada como una seña de que están perdiendo su famoso olfato para advertir los ocultos peligros en cada línea escrita por un periodista, en cada escena de una novela, incluso en las coreanas, en cada película o canción. Al contrario, Doctor Zhivago es otro triunfo del que se pueden ufanar, como Paradiso, o las obras completas de Virgilio Piñera, o los poemas de Gastón Baquero, o hasta si se mira bien, dejar que se transmitan juegos de las Grandes Ligas en los que participan peloteros cubanos que se fueron del país muy ilegalmente, y a los que hasta hace poco se les trataba como el Politburó soviético trató a Pasternak. El propósito de la censura no es destruir una obra de arte o un individuo, sino su significación. Es cierto que con Internet, y El Paquete, y la mucha gente que entra y sale del país más fácilmente que si fueran de Cienfuegos a Camagüey y viraran, los censores tienen menos poder que nunca antes para bloquear la circulación de libros, películas, programas de televisión y música, pero son todavía muchos, quizás una escuálida mayoría del país, los que dependen de las editoriales, la televisión y la radio cubanas para entretenerse. Tal vez en algunos quioscos de DVD de La Habana, sea posible encontrar Doctor Zhivago, enmoheciéndose al lado de El Graduado y África Mía, ahora tan exótica y remota como las jirafas y rinocerontes de Meryl Streep. Nadie lo compra, ni por un ceucé.

Admitirlo, el triunfo de la censura, no quita mérito a los realizadores de Historia del Cine, a los que probablemente se les ocurrió que ya era hora de exhibir la película, que quizás había llegado el momento de remediar su omisión. Es posible imaginar el instante en que alguien, quizás el propio Galiano, propuso la idea, las primeras dudas, la discusión sobre cómo hacerlo, cómo engatusar al comisario encargado de revisar y aprobar la selección de películas del programa, cómo convencerlo de que Zhivago ya se había vuelto inofensiva, y que, además, exhibirla sería beneficioso “para la Revolución”, porque la absolvería de la acusación de tener un clásico del cine mundial todavía prohibido. Uno puede ver a Galiano escribiendo su nota de presentación, meditando cada palabra, asegurándose de no decir nada falso, de ser justo con la película y con Pasternak, tratando de proteger su propia, limpia reputación, pero usando frases que le agradarían al censor, “Gran Revolución Socialista de Octubre”. Quizás el comisario lo obligó a tachar algunas líneas, le ordenó ser más severo con la película de lo que Galiano hubiera querido, tal vez fue él quien forzó el tema de la CIA y el Premio Nobel, pero al final, puesto todo en balance, los realizadores de Historia del Cine lograron el permiso para contar la historia de amor de Yuri Zhivago y Lara Antípova en la infinita estepa nevada de Rusia. Aunque haya sido cincuenta años tarde, bravo. Quizás, envalentonados, los realizadores de Historia del Cine programen pronto alguna otra película proscrita. ¿Antes que anochezca, con Javier Bardem como Reynaldo Arenas? ¿No, muy pronto? A lo mejor en 2042, por el cincuentenario del libro.

Fuente: Revista El Estornudo (Cuba)