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Lo que no dijo el Congreso
Leonardo Calvo Cárdenas
29 de abril de 2016
En los discursos y «debates» del Congreso, la élite gobernante y sus bien seleccionados delegados mostraron más de lo mismo a la hora de valorar la realidad nacional y diseñar los derroteros futuros de la nación. El principal balance del evento parece ser el alto nivel de alienación de la realidad del liderazgo castrista.
 

El nada sencillo ejercicio intelectual de soportar la trasmisión televisiva de los debates del recién concluido séptimo Congreso del Partido Comunista de Cuba, sirvió para reafirmar sin dudas la incapacidad de esa élite para asumir responsabilidades y diseñar la reconstrucción del país que tanto hegemonismo indolente ha condenado a una crisis permanente e irreversible.

El diseño estalinista de enaltecer al hombre esclavizándolo pasó por la conservadora Galicia y se asentó definitivamente en las Antillas. Aquí también sobre la base de que el Partido único sustituye al pueblo, el Comité Central sustituye al Partido, el aparato sustituye al Comité Central y se establece la dictadura de una nomenclatura de intocables quienes, sin dejar de hablar en nombre de los humildes y trabajadores, se colocan muy lejos de ellos para sembrar de miedos, prohibiciones, represión y frustraciones la vida de todos, siempre en nombre de la libertad y la justicia.

La historia ha demostrado cuanta verdad guardaban las palabras de la líder comunista alemana Rose Luxemburg cuando sentenció que: “Es malo para la libertad que la libertad sea un partido”

En Cuba el “ideal comunista” y su instrumento político de poder, elevado a la condición de hegemonía única por desvarío constitucional, solo ha servido para afirmar el dominio absoluto de una autocracia totalitaria encabezada por una dinastía nepotista la cual, después de robarnos la voz y los sueños, solo ha demostrado eficiencia para destruir el cuerpo económico de la nación y sembrar el terror y la desesperanza en el alma de los cubanos.

En los discursos y “debates” del Congreso, la élite gobernante y sus bien seleccionados delegados mostraron más de lo mismo a la hora de valorar la realidad nacional y diseñar los derroteros futuros de la nación. El principal balance del evento parece ser el alto nivel de alienación de la realidad del liderazgo castrista. Parece increíble ver como ante los enormes retrasos y traumas que enfrenta la sociedad cubana estos señores, con total tranquilidad, le dan la espalda a los problemas y retos que complican el presente y comprometen seriamente el futuro de la nación.

Los que peinamos  o eliminamos las canas podemos recordar a Fidel Castro aquel día de 1986, después de un largo discurso afirmar “Ahora sí vamos a construir el socialismo”. En aquel momento los cubanos se preguntaron, ¿Qué estuvimos haciendo durante veintisiete años de sacrificios y penurias? Ahora, treinta años después de aquella abusiva promesa, el Congreso afirma que planifica el “socialismo próspero y sostenible” nada menos que para el año 2030.  Se necesita mucho divorcio de la realidad y toda la indolencia criminal que han demostrado para imaginar que los problemas que nos agobian pueden aguardar tanto tiempo para encontrar solución.

Lo que dijo el congreso

En el conclave, lleno de contradicciones, vimos al actual primer secretario y octogenario presidente Raúl Castro, después de haber gobernado casi seis décadas, establecer los sesenta años como edad máxima para ingresar al Comité Central, a partir de ahora. Sin embargo, cuando presentaron a la nueva directiva del Buró Político nos asombramos al ver que está plagado de los mismos ancianos de siempre.

Se hizo un nuevo llamado a la crítica y la autocrítica dentro del partido, pero sin dar ninguna señal de que la opinión discrepante o los cuestionamientos serán respetados sin las acostumbradas represalias.

Los documentos aprobados prometen luchar contra las ilegalidades y delitos, pero sin definir las transformaciones estructurales que generen nuevas condiciones socioeconómicas, espacios y oportunidades para los cubanos. Insisten además en la lucha contra las drogas, mientras hace poco tiempo el presidente y primer secretario aseguró que Cuba estaba totalmente libre de este flagelo.

El Congreso trató de manera muy superficial el poco interés, sobre todo en los jóvenes, por integrar las filas del Partido y el alto índice de desactivaciones de militantes en el mismo. Tal parece que el discurso esquemático y anquilosado es incapaz de competir con la cada vez más cruda realidad social, ni con la cada vez más incisiva búsqueda de información y visiones alternativas por parte de los ciudadanos.

Lo que no dijo el Congreso

El capítulo más importante del recién concluido cónclave partidista es el de las omisiones. El partido gobernante se muestra incapaz de impulsar los cambios estructurales y conceptuales que hace más de un lustro el general presidente reconoció como imprescindibles.

La profunda crisis socioeconómica, que impide la reinserción de Cuba en el concierto económico global y aumenta tanto las desigualdades como la polarización social, no se supera con persistencia en el inviable estatismo o las concesiones al capital extranjero. El partido gobernante carece de sensibilidad y valentía política para convertir al cubano en ciudadano económico dotándolo de personalidad jurídica y reconociendo todos los derechos y espacios por tanto tiempo negados.

En éste Congreso tampoco se atrevieron a decidir la  devolución de la tierra a los campesinos, a convertir a los cubanos en verdaderos propietarios y empresarios, a liberalizar y fortalecer el mercado interno, a liberalizar la fuerza de trabajo y respetar la libre sindicalización que refrendan las leyes vigentes.

Nuevamente el problema racial fue olvidado por el Congreso, a pesar de la enorme deuda acumulada en este sentido, y a pesar también de que las medidas económicas que el gobierno ha tomado en los últimos tiempos profundizan las desigualdades sociales y los crecientes cuestionamientos en este sentido. El Congreso no se comprometió ni con el debate transparente sobre  el delicado asunto ni con el empoderamiento de los afrodescendientes, solo reiteró el inútil diseño de la cooptación inducida de afrodescendientes  para cargos de naturaleza política.

No encontró justa atención del Congreso el fenómeno de la corrupción, esa pandemia que hace metástasis en cada espacio de la sociedad cubana con el partido, como supuesta vanguardia moral y política de la nación conviviendo y participando del degradante flagelo que se normaliza como una negativa cultura y el sentido de la vida de muchos cubanos. Lamentable y peligroso silencio de la “vanguardia política” de la nación ante un mal que ha alcanzado zonas tan sensibles de la sociedad como el sistema judicial y penitenciario, los espacios de administración pública, el comercio, los servicios, la policía, la aduana, los servicios de inmigración y hasta el sistema educacional.

El cónclave partidista hizo caso omiso a complejos problemas sociales que constituyen enormes retos a corto y mediano plazo, entre los que destacan la baja natalidad y el envejecimiento poblacional, realidad que exige la adopción de urgentes medidas ante las graves implicaciones demográficas y socioeconómicas. De igual forma podemos citar el crecimiento de las familias monoparentales y el desamparo de las madres solteras, la depauperación económica de muchas zonas rurales y las desventajas de las concentraciones urbanas marginadas.

Amén de la incapacidad demostrada por las autoridades castristas para cumplir su parte del contrato social, ahora vuelven a perder una excepcional oportunidad de abrir el camino a una transformación consecuente, equilibrada y gradual de la sociedad cubana. El VII Congreso solo sirvió para reafirmar lo ya conocido. El único interés de la cúpula castrista es conservar el poder a cualquier precio, sin conceder valor alguno al destino de la nación que se han empeñado en someter y destruir.