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Obama en Cuba: de la Casa Blanca a la casa rota
Leonardo Calvo Cárdenas
24 de marzo de 2016
El presidente Obama llegó a La Habana mientras los gobernantes cubanos exigen en las relaciones internacionales respeto a la diversidad y el pluralismo, que es todo lo contrario de lo que hacen en su tratamiento a los cubanos.
 

Al tomar la decisión de visitar Cuba el presidente norteamericano Barack Obama hizo una apuesta riesgosa, habida cuenta de la enorme carga histórica de confrontación y desencuentro que ha caracterizado las relaciones entre ambos vecinos.

Para agregar polémica y complejidad al tema, a pesar de tantos meses de restablecimiento de las relaciones diplomáticas y demás acercamientos entre los vecinos adversarios, todavía las autoridades cubanas se niegan a comprometerse de manera efectiva y consecuente con los valores y derechos humanos universalmente reconocidos.

El presidente Obama se convirtió en el primer gobernante norteamericano que visita Cuba, después de ochenta y ocho años, cuando todavía en nuestro país el desconocimiento de los derechos humanos tiene rango constitucional e institucional, cuando la violación de esos derechos es cotidiana y flagrante. La polémica creció porque el momento del arribo de la comitiva presidencial estuvo matizado por una violenta escalada represiva contra decenas y decenas de líderes y activistas opositores pacíficos.

Más allá de los avances en el camino de distención y acercamiento entre los dos países, el presidente Obama llegaba a Cuba sin que las autoridades hagan un meridiano reconocimiento a la determinación demostrada por la administración norteamericana para dar pasos concretos e irreversibles en lo que será un largo y complejo proceso de normalización de las relaciones.

Enorme determinación y valentía política tuvo que demostrar el mandatario norteamericano para pisar tierra cubana en visita oficial cuando todavía el régimen cubano no reconoce los derechos de los norteamericanos despojados de sus propiedades en Cuba, cuando este es el único país que exhibe una ley de inversión extranjera, ante la cual los nativos solo podemos ser empleados de segunda categoría. Generó polémica e inquietud la visita de Obama mientras la violencia represiva y el terrorismo de estado son el amargo pan de cada día en nuestras calles y las garantías a los derechos civiles, a los derechos sindicales y a la propiedad son un sueño largamente acariciado y por mucho tiempo incumplido.

El presidente Obama llegó a La Habana mientras los gobernantes cubanos exigen en las relaciones internacionales respeto a la diversidad y el pluralismo, que es todo lo contrario de lo que hacen en su tratamiento a los cubanos.

El presidente norteamericano tomó contacto con una representación de las fuerzas prodemocráticas en Cuba como señal inequívoca de un compromiso indeclinable, pero eso no lo reflejan para nada los medios informativos nacionales. Sin embargo en sus presentaciones públicas dejo testimonio claro de sus posiciones y criterios.

El presidente Obama pasó por encima de la escenografía montada para la ocasión, esa que habilitó un “Foro empresarial” lleno de cuentapropistas y cooperativistas que brindaron una imagen edulcorante de la realidad socioeconómica de Cuba. Los participantes seleccionados no se preocuparon de referirse a la ausencia de personalidad jurídica para los cubanos, a los impuestos confiscatorios o la falta de garantías jurídicas, al bajo poder adquisitivo de los ciudadanos o a la inexistencia de mercado mayorista.

El presidente Obama entró a un remozado estadio Latinoamericano que fue llenado con “aficionados” confiables para evitar las manifestaciones de simpatías masivas que de seguro se habrían producido si la entrada al coloso del Cerro hubiera sido totalmente libre.

Para su discurso principal las localidades del Gran Teatro de La Habana fueron colmadas de representantes de las organizaciones corporativas y adocenadas que sirven de instrumento de control y dominación a esa dinastía totalitaria con mucha vocación de eternidad y nula sensibilidad humanista. Ese mismo escenario le sirvió al presidente norteamericano para brindar una magistral pieza oratoria donde recordó el concepto martiano de democracia que jamás utilizan los jerarcas castristas: “La libertad es el derecho de todo hombre a ser honesto, a pensar y hablar sin hipocresía”.

En sus palabras, Obama hizo una alta valoración de las cualidades y potencialidades del pueblo cubano y reafirmó la importancia de dar prioridad a la dignidad e integridad de los individuos con respeto a la diversidad y sobre todo sin miedo al debate y a la confrontación de ideas.

El presidente norteamericano dio una lección que mucho necesitan los gobernantes cubanos: demostró la capacidad de reconocer a los adversarios virtudes y logros y la honestidad de reconocer carencias e insuficiencias de su propia sociedad.

Con sus conceptos y valoraciones Obama conmovió incluso a cubanos que no gozan de una profunda cultura política, en tanto logró conectar con inquietudes y aspiraciones de la gente común y sobre todo proyectar la idea de un posible futuro mejor para todos sin distinción ni condicionamientos.

Una prueba inequívoca de la altura y excelencia del discurso del presidente Obama es la reacción de los voceros oficialistas, quienes se han mostrado bastante incómodos e inconformes con varios planteamientos del ilustre visitante. Enorme irritación causó el llamado de Obama a trascender el pasado y construir el futuro, lo cual fue interpretado por los representantes del gobierno cubano como un inaceptable llamado a borrar la historia.

Llama poderosamente la atención el malestar de los castristas en este sentido, puesto que ellos padecen del síndrome de la memoria selectiva, esa patología crónica que los lleva a recordar permanentemente lo que conviene a sus diseños de control y manipulación hegemónica y a olvidar o desechar lo que no acomoda a sus intereses. Si realmente rindieran culto a la memoria histórica no mantuvieran silencio y omisión sobre la contribución capital de los africanos y sus descendientes a la conformación de la nación cubana. Si rindieran verdadero culto a la memoria histórica brindarían atención y respaldo a tantos veteranos de sus aventuras bélicas africanas, muchos de los cuales sufren enorme desamparo y precariedad material.

No es secreto que el diálogo y el compromiso de los gobernantes cubanos es con el pasado, casi siempre tergiversado. Con sus palabras, el presidente Obama proyecta la certera idea de que no se puede caminar hacia el futuro mirando atrás constantemente, puesto que eso asegura solo tropiezos y retrocesos.

El proceso de normalización de las relaciones Cuba–Estados Unidos será complejo en tanto las posiciones poco flexibles y nada autocríticas de las autoridades de La Habana dificultan mucho el esfuerzo de esa parte de la clase política norteamericana que se empeña en impulsar una nueva mentalidad y ambientes positivos que fundamenten una relación equilibrada y mutuamente ventajosa para ambas naciones.


Esos nuevos ambientes obligarán a los gobernantes cubanos a explicar la razón de tanta represión e intolerancia cuando su enemigo tradicional tiende sólidos puentes de interrelación mutuamente ventajosa para ambas naciones. La visita de Obama anuncia la interrogante de con qué argumentos mantendrán su intolerancia criminal cuando ya no sean una “plaza sitiada”

De momento, la visita del presidente Obama no puede impedir que esa espiral de injusticia e intolerancia siga su curso, lo que muchos temíamos no sucedió y, lejos de legitimar al régimen, la presencia de Obama en Cuba dejó bien en claro la incapacidad política e intelectual de unos gobernantes que sólo saben aferrarse a conceptos y discursos retrógrados y desfasados.

La presencia y los mensajes de Obama anunciaron al pueblo cubano que sufre y espera que, a pesar de lo difícil del camino, no estamos solos y una Cuba mejor es posible.