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Expectativas y realidades en Chile
Jorge Marshall Rivera
29 de agosto de 2006
 

Las expectativas económicas se mueven en concordancia con el ciclo. Por ejemplo, el porcentaje de los que consideran buenas o muy buenas las perspectivas de la economía se redujo de 21% a fines de 2005 a 16% a mediados de 2006, según la última encuesta CEP. La cifra actual coincide con el promedio de los 18 años en que se ha hecho la misma pregunta.

El crecimiento del gasto entre las mismas fechas se redujo desde algo por encima del 10 a 6%. En 2003 se había producido el fenómeno inverso: a mediados de ese año, el gasto crecía en 3% y las perspectivas favorables alcanzaban sólo un 10%. En cambio, a fines de 2004 el gasto crecía cerca de 10% y las perspectivas buenas o muy buenas habían aumentado a 21%. Esta visión más rigurosa evita caer en las simplificaciones que adjudican la baja de la encuesta del CEP a factores subjetivos, cargados de ideología.

La desaceleración del gasto hacia tasas más en línea con el ingreso nacional (descontado el efecto de la regla fiscal) era un hecho anticipado, tanto por el Banco Central como por el mercado. Lo nuevo fue su prontitud. La principal razón para ello ha sido el aumento en el precio de los combustibles, que tienen una incidencia total en el presupuesto de los hogares cercana al 10% y han experimentado un alza de más de 20% desde el primer semestre de 2005.
 
Producto de tendencia
 
En estas condiciones, el crecimiento de 2006 converge al del producto de tendencia. Es allí donde tenemos que enfocar la mirada. En este sentido, una noticia relevante fue el cálculo del comité de expertos de 5,3% para este crecimiento. Este valor representa un aumento respecto de los años previos. Además, se acerca al promedio de las últimas dos décadas, de 5,5%. Destaca también que el cálculo del crecimiento tendencial de Chile a partir de estudios comparados entre países arroja tasas en torno a 5%, lo que es coherente con la cifra recién informada.

Esta mirada podría llevarnos a cierta conformidad con la marcha de la economía, lo que sería un grueso error. La dificultad está en detectar el origen de nuestra inconformidad, para luego definir las acciones necesarias para superarla. Un buen punto de partida es comparar el 5,3% actual con el crecimiento tendencial de comienzos de los 90, en torno a 7%. Este alto crecimiento se benefició de la complementariedad entre las reformas microeconómicas de los 80 y la consolidación institucional de los 90.

El retorno a la democracia, con la paulatina disipación de los temores e incertidumbres que habían permanecido inmovilizados por años, generó un enorme impulso en la productividad y, por esta vía, en el producto de tendencia: la productividad total de factores creció por encima de 4% en esos años, que se compara con un 1% en la actualidad.

Chile consolidó su apertura económica cuando se presentó con un rostro democrático, respetuoso de las libertades civiles, con políticas sociales activas, dispuesto a avanzar en la postergada cohesión social. La respuesta fue un aumento en la inversión nacional y extranjera, en los precios de los activos, influjos de capitales, creación de valor en las empresas y aumentos de productividad que condujeron a mejores condiciones de vida de los chilenos. Esta complementariedad entre reformas microeconómicas y fortalecimiento institucional sorprendió hasta las autoridades de la época, que tardaron en convencerse que un crecimiento tendencial de 7% era alcanzable.

Más tarde, hacia mediados de los 90, comenzamos a pensar que los costos de avanzar en nuevas reformas eran muy elevados cuando todavía el crecimiento era acelerado. Sólo la crisis financiera de fines de esa década nos recordó que la consolidación institucional sin un mayor nivel de protección social se tornaba débil en un ambiente de mercados globales. El mundo había cambiado.

Desde entonces, el desafío ha sido volver a un equilibrio que aproveche la complementariedad entre flexibilidad y protección social. Avanzar sólo en las reformas que conducen a la flexibilidad tiene poco efecto en el crecimiento tendencial y muchos inconvenientes sociales. Pocos países pueden mostrar éxito en este camino, por lo que resulta difícil comprender la insistencia neoliberal en esta estrategia.
 
La mejor opción
 
La opción contraria, de avanzar sólo en protección social, tampoco es promisoria, porque la economía no generará el crecimiento indispensable para financiar la mayor protección que espera la población. Los países que han seguido este camino parten reconociendo mayores derechos a la población, a poco andar enfrentan las dificultades de su financiamiento y terminan retrocediendo en lo que habían avanzado. La única protección efectiva en una economía globalizada es la que se apoya en aumentos sostenidos de productividad.

Un camino que aprende de lo ocurrido a comienzos de los 90 en Chile consiste en buscar la mayor complementariedad entre flexibilidad y protección social. Ambos desafíos deben ser enfrentados en forma conjunta. Por una parte, la flexibilidad aporta capacidad para aprovechar las oportunidades de aumentos de productividad. Un ambiente que fomenta el emprendimiento y la inversión es indispensable para elevar el actual crecimiento de tendencia de 5,3%.

Pero la sociedad también demanda protección frente a las inevitables consecuencias de la mayor flexibilidad. La despreocupación por estas consecuencias es lo que empantana muchas iniciativas que buscan mejorar la eficiencia y capacidad de transformación, especialmente cuando tocan al mercado del trabajo. Precisamente, mejorar la empleabilidad de la fuerza de trabajo y la calidad de la educación son iniciativas claves para lograr la complementariedad entre estos dos objetivos. Sin avanzar en estas áreas será difícil lograr aumentos sostenidos de productividad y asegurar, de esta manera, cruzar el umbral del desarrollo en el lapso de una generación.

Fuente: El Mercurio, 22 de agosto de 2006