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Venezuela y Bielorrusia, pacto de unidad
Andrés Mejía-Vergnaud
29 de agosto de 2006
 

Bogotá (AIPE)- El 23 de julio, el presidente venezolano Hugo Chávez hizo una visita oficial a Bielorrusia, donde declaró que el objetivo de su visita era “sellar un pacto de unidad” con el gobierno del presidente Alyaksandr Lukashenka. Sobre el gobierno de Bielorrusia y su particular modelo de organización política, dijo Chávez que es “como el que nosotros estamos comenzando a crear, que pone por delante la satisfacción de las necesidades del pueblo y no los intereses capitalistas”.

Alejado como estamos de aquellas regiones de Europa oriental, pocos latinoamericanos tienen una idea clara de Bielorrusia y, especialmente, de su gobierno. En general, solamente se sabe que es uno de los países que nació tras la desintegración de la Unión Soviética. Por lo tanto, conviene hacer un rápido perfil de Bielorrusia y del gobierno que Chávez tanto admira.

Bielorrusia está situado entre Polonia y Rusia, al sur de las repúblicas bálticas. Su capital es Minsk. Tiene algo más de diez millones de habitantes. Tras la desintegración de la Unión Soviética, Bielorrusia mantuvo un modelo político y económico centralizado de manera férrea, de modo que el país, si bien nominalmente es una república, tiene de hecho un régimen totalitario, el cual orbita alrededor de la figura de Alyaksandr Lukashenka. Este lleva el título de presidente, y lo lleva de manera tan celosa que según reportó la revista The Economist, en su edición del 18 de marzo de 2006, ha ordenado que cualquier persona que tenga el título de presidente en alguna organización, debe cambiarlo; sólo él puede usar el título de presidente.

El régimen político de Bielorrusia no es propiamente objeto de admiración en los círculos democráticos mundiales. A la única persona que he oído elogiarlo es Hugo Chávez. Ni siquiera lo ha hecho Vladimir Putin, principal aliado de Bielorrusia; el gobierno ruso maneja con cautela este tema, afirmando que tiene una amistad con el pueblo de Bielorrusia. Y la verdad es que para alabar ese régimen habría que estar ciego o ideológicamente opuesto a todo principio de libertad, democracia y derechos humanos.

En su informe de marzo de 2005, la ONG Freedom House incluyó a Bielorrusia en la lista de los “Regímenes más Represivos del Mundo”. Allí comparte esas miserables posiciones con Birmania, Corea del Norte, Libia, Cuba y Uzbekistán.

Amnistía Internacional, en su informe anual de 2006, reporta que “el gobierno sigue restringiendo la libertad de expresión y de reunión. Los activistas de oposición han sido detenidos arbitrariamente y, al parecer, han sido maltratados por la policía”. De hecho, éste fue el panorama en el que se dieron las recientes elecciones, cuando Lukashenka fue reelegido con más del 80% de los votos.

Las condiciones de imparcialidad, libertad y juego limpio de esas elecciones fueron nulas. Por todo el país, los activistas de oposición fueron perseguidos, golpeados y detenidos. Otros fueron condenados a considerables sentencias de prisión. Otros, según The Economist, “desaparecieron en circunstancias siniestras”. Y no hay esperanza alguna de que tales casos puedan ser investigados por una rama judicial independiente. Según el mismo informe, en Bielorrusia la justicia funciona según la “ley del teléfono” (palabras de un disidente), lo cual significa que los jueces hacen lo que les ordena el gobierno.

En Bielorrusia no hay libertad de prensa y la ley castiga severamente la crítica a los funcionarios del gobierno. Amnistía Internacional ha denunciado una alarmante cantidad de casos de prisión por conciencia. Llama la atención el caso de Valerii Levonevskii y Aleksandr Vasiliev, quienes fueron condenados a dos años de prisión por publicar un poema que pedía libertad y criticaba al gobierno.

Bielorrusia es un ejemplo claro de cómo las libertades desaparecen cuando el Estado domina la economía. El sector estatal constituye allí 80% de la economía y casi todos los trabajadores son empleados públicos. Los contratos laborales tienen un año de duración y cualquier señal de rebelión o la negativa a firmar declaraciones en apoyo al presidente es motivo de despido. No se equivocó F. A. Hayek cuando dijo que “donde el Estado es el único empleador, hacer oposición implica la muerte lenta por hambre”.

Lamentablemente, esta tiranía alarga los terribles sufrimientos del pueblo de Bielorrusia que comenzaron bajo el comunismo soviético. Un chiste cruel que allá repiten cuenta que un partisano ahorcado logra sobrevivir dos semanas colgando de la soga; cuando le preguntan cómo lo logró, responde: “simplemente me acostumbré”.
 
Andrés Mejía-Vergnaud es Director ejecutivo del Instituto Libertad y Progreso (ILP), Bogotá.